18 octubre 2016

Retrato del Padre General Arturo Sosa por Antonio Spadaro SJ

Arturo Sosa era mi «compañero de pupitre» durante la Congregación General. Unos días antes de comenzar, me había dicho que estaríamos sentados juntos. En los días anteriores a su elección hablamos de muchas cosas, algunas quizá sin importancia, otras más serias. Pero, en cualquier caso, sentía junto a mí a una persona con mucha energía y serenidad. Una persona decidida, reconciliada con la vida y con sus experiencias pasadas.
 

El día de la elección intercambiamos pocas palabras. El clima era de silencio y profundo recogimiento interior. Yo le había enseñado el cuadernillo en el que estaba tomando algunas notas. En la tapa estaba grabada una frase de san Ignacio en inglés: «Go forth and set the world on fire», es decir, «Id y prended fuego al mundo». Su comentario había sido: «Sí, pero hoy el mundo está ya en llamas, desgraciadamente en otro sentido…».
 
Un día estábamos hablando del papa Francisco. Me dijo que había conocido a Jorge Mario Bergoglio durante la Congregación General 33, en 1983. Arturo tenía apenas 35 años, era muy joven para ser un «padre congregado». Bergoglio –que entonces tenía 47– lo veía joven y fuerte. Por eso le puso un apodo: «potrillo». La recomendación que el papa le ha hecho cuando ha tenido noticia de su elección como general ha sido: «Sé valiente».
 
El día de la elección estábamos todos bien vestidos. Él iba con traje y clergyman negro, que «destacaba» mucho sobre el bigote y el cabello blancos. Yo me daba cuenta de que, ya llevase sus queridas camisas de cuadros o vistiese un traje oscuro, él no cambiaba de estilo. Así lo he conocido siempre: como alguien capaz de ser siempre él mismo y de sentirse cómodo en las situaciones más diversas. El recuento de los votos indicaba ya que su elección era inminente. Y él estaba tan sereno como antes del comienzo de la votación, como el día anterior… Casi sin pensarlo, extendí el brazo como para consolarlo por el peso que estaba cayendo sobre sus espaldas. Me di cuenta de que lo estaba abrazando. Él, tan sereno como antes, se limitó a balbucear algo así como: «Si hay que comerse la gallina, no queda más que poner a hervir el agua…».
 
Aún después de alcanzar el número de votos necesario, no se alteró. Siguió escribiendo algo en su cuadernillo. Hasta que, terminado el recuento, estalló un aplauso y las manos de los compañeros que lo abrazaban y lo aplaudían lo rodearon por completo. Tuve tiempo de susurrarle al oído: «Eres nuestro padre general», subrayando con la voz la palabra «padre». Y aún le dije: «Sé siempre padre».
 
Arturo Sosa es, pues, el nuevo padre general de los jesuitas. Tiene 68 años y es venezolano. Conocemos bien las fuertes tensiones que se viven en Venezuela, tensiones que él ha vivido en su propia carne. Venezuela es una de las «periferias» de las que habla Francisco. El «papa negro» es la prueba de que precisamente las periferias en las que hierven tensiones pueden expresar energías que poner al servicio de la Iglesia universal en el centro. Personas como Arturo Sosa han vivido semejantes tensiones, por lo que, al final, la energía espiritual de su personalidad fluye tranquila, serena, sin tensiones. Madura. Las personas como él no tienen que demostrarse nada a sí mismas. Tal vez ya lo han hecho. Se la han jugado. Unas veces han ganado y otras han perdido. Se han dado de cabezazos contra las paredes. Han tenido incluso pasiones ideológicas, llegando después a tocar el fondo de su inconsistencia. La suya no es una crítica ideológica a la ideología, sino un cuerpo a cuerpo con las razones por las que vale la pena gastar (y a veces perder) la vida. Ahora estas personas, como Sosa, como Bergoglio, pueden soportar bien los pesos sin calcular demasiado. Pueden incluso resistir a la cautivadora burocracia del poder y seguir siendo ellos mismos.
 
Y Sosa, como Bergoglio, viene de América Latina. Las suyas –Venezuela y Argentina– son ciertamente dos tierras diversas. Y, sin embargo, juntas dan testimonio de que la Iglesia de aquel subcontinente es una Iglesia «fuente» y no reflejo, capaz de dar frutos maduros para la Iglesia universal. También para la europea, y sin contraposiciones, porque tienen las raíces europeas en su sangre: Bergoglio en el Piamonte de la abuela Rosa; Sosa en España, en el Santander del abuelo materno, un sastre apasionado de las corridas de toros, que murió con 104 años.
 
(Seguir leyendo el artículo publicado el 18 de octubre de 2016 en http://gc36.org/es/se-siempre-padre-por-antonio-spadaro-sj/)