11 octubre 2016

Artículo en entreParéntesis: “Periodista, ¿la peor profesión del mundo?”

Ana Medina, de CVX Málaga, escribe este comentario sobre la intención de oración del Papa Francisco para este mes de octubre: que los periodistas, en el ejercicio de su profesión, estén siempre motivados por el respeto a la verdad y un fuerte sentido ético.

Mi abuela siempre decía que la de periodista era, junto a la de abogado, la peor profesión que existe. Lo aseguraba con una profunda desconfianza en la mirada, y le añadía un gesto de rechazo digno de la Rusia estalinista.
 
Yo, que estudiaba Periodismo y tenía un novio recién licenciado en Derecho, no sabía muy bien cómo tomármelo. Con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que lo que mi abuela odiaba sobre todas las cosas era la falta de ética que ostentaban algunos profesionales de ambos oficios, que eran capaces de poner todos los medios al servicio del beneficio particular.
 
Hace tan solo unos días, la hija de un amigo preguntaba al que hoy ya es mi marido si era posible trabajar en el Derecho y hacerlo por el bien común. Y aquella pregunta me hizo recordar la sentencia de mi abuela. Del mismo modo, un joven con vocación de periodista puede preguntarse si merece la pena, si se puede trabajar por la verdad o eso es, hoy, una quimera.
 
Mi pasión por contar historias siempre ha ido acompañada de la mochila de la fe. No es posible, en mi caso, mirar el mundo desde otro lugar que desde las sandalias del seguimiento de Jesús de Nazaret. En mi experiencia profesional, he acabado aunando ambas cosas, y desde la comunicación religiosa, trabajo día a día con noticias que son todas destellos de la Buena Nueva, reflejos de esperanza para un mundo abatido por la sed de amor y belleza. Pero desengañémonos. No siempre es fácil llevar palabras de vida a una sociedad que busca y se recrea en la miseria, que ha cambiado su corazón de carne por uno de piedra, que prefiere fantasear con la muerte antes que soñar con vivir en plenitud. El mensaje cristiano, expresado en miles de rostros y gestos que, para los que somos Iglesia, son cotidianamente deliciosos, resultan a menudo esperpénticos para el mundo.
 
El Papa, en una reciente audiencia con periodistas italianos, les advertía de que desempeñaban una de las tareas con mayor influencia en la sociedad. “Escribís el primer borrador de la Historia”, les decía Francisco. Y resumía lo que puede ser una hoja de ruta para la ética periodística: “No sopléis sobre el fuego de las divisiones, por el contrario, favoreced la cultura del encuentro”. El Papa no habló desde el buenismo, ya que reconoció que la crítica es legítima y necesaria, pero añadió que “el periodismo no puede volverse un arma de destrucción de personas o, peor aún, de los pueblos”, ni tampoco “alimentar el miedo ante los cambios o fenómenos como las migraciones forzadas por la guerra o por el hambre”. En ese encuentro, Francisco lanzó a los profesionales de la comunicación tres claves y un consejo.
 
La primera, amar la verdad. Nunca podemos afirmar algo que no sea verdadero. Nuestra obligación es ofrecer la verdad, lo que implica ser honestos con nosotros mismos y los demás (no podemos afirmar la verdad si no la vivimos) y discernir los matices que impregnan todo acontecimiento humano. En una época que idolatra la inmediatez, esto exige serenidad interior y trabajo minucioso, paciencia y cierto modo de “artesanía” para captar la esencia de la verdad, para comprender la realidad sin caer en una visión simplista y reduccionista.
 
La segunda, vivir con profesionalidad. No se refiere solo a cumplir las normas deontológicas, sino a ejercer este oficio sin someterse a los intereses de las partes en juego. Un verdadero profesional de la comunicación no puede domesticar su conciencia ni subyugar su ética al que ostenta el poder económico, ideológico o político.
 
La tercera, respetar la dignidad humana. Nos sigue costando ver que detrás de titulares y estadísticas, hay seres humanos; que detrás de una “buena historia” está la vida de las personas, que puede ser destruida para siempre con la simple sombra de una insinuación. El Papa, en su mensaje con motivo de la 48ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, identifica la figura del Buen Samaritano a la del Buen Comunicador. Quien comunica se hace prójimo, cercano. Pero el buen samaritano “no sólo se acerca, sino que se hace cargo del hombre medio muerto que encuentra al borde del camino”. Nuestro periodismo no puede estar esterilizado de acción, no puede estar exento de compromiso con el que sufre, con el que se encuentra tirado en la cuneta.
 
Y el consejo. Francisco afirma que estas reflexiones merecerían que cada periodista les dedicara una jornada de retiro. Él mismo reconoció que “no es fácil en el ámbito periodístico, una profesión que vive continuos ‘tiempos de entrega’ y ‘fecha de cierre de edición’”. Pero ¿y si cada mañana, antes de ponernos en marcha, nos repetimos “Señor, que sea yo un instrumento de tu paz”? ¿Y si cambiamos los “avíos de matar” por los de dar vida, y vida en plenitud?