10 mayo 2016

Artículo en entreParéntesis: “Reducciones de lo cristiano en el espacio público (y III)”

Juan Antonio Senent, de CVX Sevilla, publica la tercera parte de su artículo sobre el papel público de las religiones respondiendo a la pregunta de si el desarrollo cultural en Occidente sigue en la secularización o estamos dirigiéndonos a una era postsecular.
 
Si la superación de la hegemonía cultural del cristianismo en la Edad Media se ventiló con su reducción religiosa en la era moderna; en la era postmoderna el cristianismo debiera reducirse a un núcleo de espiritualidad, abandonando los elementos sociales y culturales propios de las religiones. Creo que ese es el desafío que presenta una nueva agonía del cristianismo. Por ello como señalábamos, le aguardaría ahora otra muerte venidera, la del tiempo postreligioso que ya empieza a emerger y en el que el cambio de conciencia espiritual desplazará la forma religiosa.
 
En este contexto, ¿cuál es el camino que está tomando el desarrollo cultural en Occidente en la era postmoderna, seguimos en el camino de la secularización o nos estamos dirigiendo a una era postsecular? Si ese es el rumbo, ¿habrá en ella una contribución pública de las tradiciones religiosas?
 
Las respuestas no pintan a favor de la contribución pública de la religión. En ella convergen dos razones, una moderna y otra postmoderna. La razón moderna para su exclusión consiste en que la conformación del poder público y de las reglas y valores de la convivencia social supone un combate secularizador sobre la función ordenadora de las iglesias cristianas con respecto al poder político, de su legitimación y de las finalidades y principios que deban conformar la racionalidad política. Ni la religión cristiana debe tener una palabra significativa en el espacio público ni su autoridad es una instancia suprapolítica que valida el poder político. La teología política cristiana debe ser sustituida por una política teológica secular. Esta emancipación y autonomización del espacio político se presenta todavía como un proceso incontestable e imprescindible para la paz social. Por ello debe persistir la exclusión ante la amenaza totalitaria de la religión.
 
En la discusión postmoderna sobre el papel público de las religiones se hacen presente dos líneas de crítica. Recordemos que la postmodernidad reside aquí en el intento de superación de las indigencias que provoca la modernidad hegemónica, como el abandono de la dimensión espiritual, pero a su vez, la conservación de sus logros, como la superación de las teocracias. La primera es que lo religioso debe ser superado por la espiritualidad y separado de ella. Si es cierto que en las tradiciones religiosas encontramos un núcleo espiritual común de experiencia de libertad y amor, ese centro es domesticado, o peor, encarcelado, en formas religiosas que consisten en la administración autoritaria de una disciplina social de doctrinas, costumbres, ritos, verdades que conforman el universo religioso de un grupo social. Esta administración de un camino espiritual genera una distinción social, provee de una identidad que separaría a la comunidad religiosa de las otras comunidades y sociedades. Esta identidad propia sería una amenaza persistente para la convivencia pacífica con los otros. Por ello, se abre una segunda línea de crítica de la religión: la persistencia de las formas religiosas mantiene las conciencias identitarias excluyentes que provoca el tribalismo, la intolerancia y la violencia.
 
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