24 abril 2016

Artículo en entreParéntesis: “Reducciones de lo cristiano en el espacio público (II)”

Juan Antonio Senent, de CVX Sevilla, publica la segunda parte de su reflexión que ayuda a repensar el espacio del cristianismo en público, desde el no-poder, mostrando que se pueden ya humanizar nuestras relaciones.
 
En la Edad Media, el cristianismo jugó su suerte histórica especialmente en el campo cultural. La crisis de las formas culturales occidentales anteriores, sobre todo de la cultura griega y romana ante la sucesiva descomposición político-social de sus imperios, permitió a la Iglesia adquirir una posición de hegemonía cultural. En sus espacios intelectuales (monasterios, cátedras, universidades) custodiaba, administraba y actualizaba el legado antiguo. Pero también su catequesis y su magisterio ofrecían a los pueblos europeos un sentido global de la existencia social y una orientación para ordenar la vida colectiva y personal. Esta posición en el campo cultural, le permitió desarrollar una influencia decisiva en la doctrina moral, en la atribución de legitimidad política a la autoridad, en la regulación de las instituciones jurídicas y económicas. Ello lo realizó con autoridad, y también no pocas veces con poder, con jurisdicción y con espada.
 
A partir del Renacimiento se produjo una progresiva superación de esa versión del cristianismo como fuerza cultural hegemónica configuradora de una sociedad de cristiandad. De poder cultural universal, en lo profano y en lo sagrado, a su reducción religiosa. El cristianismo debe ser una religión. Una doctrina sobre lo sagrado, sobre lo trascendente y transhistórico. La Iglesia debe ceñir su autoridad a la religión, y a su espacio religioso, a su propia doctrina y al cuidado de las almas de sus fieles. Por ello, tendrá que callar ante lo que cae fuera de su incumbencia, como las leyes, la política o las ciencias. Se afirma así lo secular como exclusión de lo religioso en su propia configuración y dinamismo.
 
Esta exclusión que acontece en la Modernidad ha obligado a la Iglesia a repensar su misión sociohistórica y a repensarse en el espacio público. Sin embargo, el cristianismo no puede aceptar esta reducción religiosa, justamente porque aliena su entraña más histórica para desvincularlo del acontecer histórico. En el cristianismo hay siempre un juego de estar en la historia para ir más allá de ella. Se sitúa en un más allá de la ley, del poder y del conocimiento, los reconoce pero lo trasciende y transfigura. Para ello, ha necesitado el cristianismo recuperar su posición histórica originaria de no poder, de subalternidad crítica que abre los espacios sociales e institucionales, rompe las seguridades de las prácticas que se autolegitiman, y da paso a una nueva justicia y a una nueva sociabilidad incluyente y plural que restaura lo abandonado y lo impuro.
 
Si consideramos el pensamiento cristiano desde su núcleo originario podemos ver que este no es sino una forma de pensamiento crítico que se alza desnudando la pretensión de bondad por el cumplimiento mecánico de la ley, impugnando la identificación entre ley y justicia, la denuncia del poder como dominación, su brillo como idolatría, rechaza la “sabiduría del mundo” y afirma la “locura de la cruz”. Con ello, reintroduce un mundo de relaciones negadas, que “no-es” pero que adviene, otra sociabilidad, que es novedad, vida abundante, buena noticia. En este sentido, la teología de la ley en san Pablo o en el evangelio de Juan constituye un profundo programa crítico del Derecho y del Poder en su desarrollo histórico.
 
Vista en perspectiva este proceso histórico le ha permitido al cristianismo “purificarse” de sus reducciones. No se puede identificar con una forma cultural, como la grecorromana. Necesita hacerse presente en medio de una cultura pero no se puede cerrar en ella. Pero tampoco en un asunto meramente cultural. Se mueve en un horizonte mayor de humanización permanente. Y ello, no lo hace desde el poder, sino desde lo que no está y clama. Por ello su lugar, para cumplir su tarea pública no puede darse sino malograrse cuando está el centro del poder, y da fruto desde la periferia de lo negado y lo ausente.
 
Por ello, en este contexto, podemos entender desde esta clave de otra presencia en el espacio público, el gesto público y profético del Papa Francisco en la isla de Lesbos para denunciar el drama de los refugiados, la insolidaridad sociopolítica y el vaciamiento de las exigencias de justicia del núcleo jurídico de la Unión europea. Si “Europa es la patria de los derechos humanos, y cualquiera que ponga el pie en suelo europeo debería poder experimentarlo”. Apunta lo que falta y lo que se necesita para humanizar nuestras relaciones. En ese camino, no se trata sólo de la denuncia profética, sino de mostrar que se puede vivir ya ahora desde esa nueva humanidad.