Artículo en entreParéntesis: “Crisis de legalidad y otro mundo posible”

Juan Antonio Senent, de CVX Sevilla, reflexiona sobre el acuerdo UE-Turquía como síntoma de la crisis de principios, valores y derechos fundamentales, ante la cual, la fe antropológica y la fe trascendente convergen para impulsar otro modo de relación social más humanizador.
 
La Unión Europea está dando la espalda a sus obligaciones legales con los refugiados negociando un acuerdo con Turquía, denunciado por instancias de la ONU y organismos de derechos humanos, para impedir de facto la llegada de quienes huyen de la guerra y la persecución política, religiosa o étnica buscando un territorio seguro para ver salvaguardados sus derechos más elementales. Las sombras que se ciernen sobre esta negociación son la discriminación por razón de nacionalidad, la posibilidad de facto deportaciones colectivas que impidan la debida protección de derechos individuales atendibles en las fronteras, la desprotección de los menores, la exclusión a un territorio inseguro como el turco donde están documentadas violaciones de los derechos de los desplazados forzosos. Y todo ello, mediante la externalización del trabajo sucio con estos desplazados mediante el pago o mercadeo de estos servicios a Turquía. Vemos así como la ley, nuestros sistemas jurídicos, se pueden ir vaciando de las exigencias de justicia que habían legalmente asumido.
 
Pero esta dinámica no es sólo institucional. También parte de las ciudadanías se oponen a tener como vecinos a estos desplazados forzosos, de aceptarlos entre los suyos. Los representantes políticos se afanan en una carrera electoral para escalar en la dureza en la política de control y exclusión… Ello nos separa de una moral vivida las relaciones sociales y políticas en consonancia con las exigencias de la dignidad humana que no hace acepción de personas por razón de su origen o su situación de vulnerabilidad.
 
Este proceso implica no sólo un fracaso humanitario y en las relaciones debidas con otros pueblos, sino también una crisis de los principios, valores y derechos fundamentales que distinguen el núcleo ético-político de la Europa “civilizada”. Y justamente esta diferencia de moral legalizada es la que se esgrime en el debate geopolítico para argumentar la superioridad de las instituciones jurídico-políticas europeas sobre los otros países en los que estos estándares de justicia no forman parte de su Estado de Derecho, siendo por tanto, el camino que estos deben recorrer. Se desmorona así la supuesta supremacía moral de Europa frente a otros pueblos.
 
Pero junto a las organizaciones de derechos humanos, se oye también una voz pública de quienes movilizados desde la fe cristiana abogan por la hospitalidad para garantizar el respeto de la dignidad de estas personas vulnerables. Se trata, por un lado, de realizar una incidencia pública para defender estos principios de justicia tanto en el sistema jurídico como en las políticas públicas. Pero de otro, la movilización que el sector social de diversas instituciones eclesiales impulsa, trata de vivir ya, aquí y ahora, otro modo de relación social donde tenga cabida el reconocimiento de la dignidad del otro, la acogida, el cuidado de la vulnerabilidad. No hay cumplimiento de la ley justo, si no se vive ya la justicia en las relaciones sociales como presencia de otro mundo posible. Y esto tiene también un profundo sentido público y político.
 
Ello nos muestra en la experiencia de acogida, acompañamiento y de defensa de estos desplazados forzosos la posibilidad de unas relaciones humanizadoras que son el apunte y la presencia de otro mundo negado frecuentemente que puede y debe brotar de la superación de la injusticia habitual y normalizada.
 
Aquí una fe antropológica y una fe trascendente convergen en alumbrar otro mundo posible.
 

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