22 marzo 2016

Comunión gracias a la música

@AnaNicuesa
Eukene (de CVX Tenerife, pero actualmente residiendo en Alemania) comparte esta reflexión sobre su experiencia profunda con el baile y la música.
 
Siempre me ha gustado bailar, desde pequeña y creo que algo de salero y de ritmo tengo. Lo bailo casi todo pero si me dan a elegir...me gustan las músicas (del mundo) que la gente sencilla bailó durante sus celebraciones. Hace unos años, nuestros ancestros celebraban el cambio de estación, que la cosecha había salido bien o las diferentes fiestas religiosas.
 
Buscaba yo aquí en mi pequeño rincón de Alemania en el que vivo, donde podría yo bailar y sólo encontraba solución en la ciudad de al lado Leipzig. Sin embargo, los inviernos son largos y fríos y pillar el coche un viernes por la tarde noche con según que tiempo no es lo más recomendable.
 
De casualidad, entre las actividades de un centro familiar vi que había una actividad relacionada con el baile y que la traducían como baile en círculo o bailes folklóricos. Escribí y me apunté. Mejor dicho, cuando llega la cita, si estoy y puedo acudo.
 
Esta actividad ha sido para mí todo un descubrimiento que me produce mucha alegría. A la “profe” le gusta bailar y se le nota. Es una mujer de mediana edad muy alegre que mueve su cuerpo con ritmo y con gracia. Se nota en sus pies la costumbre de bailar y al sonreir mucho nos contagia su alegría. Doris se llama.
 
Los que allí acudimos (entre 10 y 15 personas) son todos tan variopintos como yo. No hay edades comunes, ni patrones comunes. Yo de verdad creo que lo que nos une es simplemente el gusto por bailar.
 
Nuestras citas son mensuales y a pesar del frío me forcé a salir de casa y a acudir al local donde bailamos. Éramos muy pocos y Doris comentó que estuvo a punto de cancelar la cita. Pero de pronto empezó a llegar gente y ya no éramos tan pocos y ya podíamos bailar. Con nosotros una niña de unos 12 años, de pelo muy largo y mirada sabia. Ella llegó de la mano de un acompañante que parecía un viejo físico loco... como Einstein en cualquiera de sus fotos. Y mi grupo variopinto empezó a bailar.
 
Probamos bailes (con sus músicas) de Grecia, de Turquía, de Israel (shalom decía la canción) y hasta del Kurdistan o de Serbia. Mi cabeza que está siempre dándole vueltas a todo de pronto pensó: si los ministros europeos que muchas veces no se ponen de acuerdo en nada, o llegan en común a decisiones extrañas como ahora con los refugiados sirios, los pusiéramos a bailar, cuánto mejor nuestra Europa funcionaría.
 
A veces, aunque no entendíamos la canción, había un estribillo que algunos miembros de forma espontánea empezaban a cantar. Creo que simplemente es un ambiente que invita a relajarse y a quitarnos las caretas que todos llevamos colgados por la vida por un rato.
 
Y casi al final de la clase, después de estar bailando durante 90 minutos algo medio mágico sucedió. Doris introdujo los pasos para los que como yo no conocían el baile y de pronto la música empezó pero esta vez esos acordes tenían una hondura especial que se nos coló a todos en el alma. Sin necesidad de explicación empezamos a bailar y parecía como si hubiésemos bailado esa música durante años todos juntos. No cantó nadie, estábamos como ensimismados en la música y en el movimiento y creo que traspasamos una barrera no visible y entramos todos en una especie de profunda comunión.
 
La música terminó y todos nos mantuvimos en silencio, cogidos de las manos y con los ojos cerrados durante algún tiempo. Fue simplemente un momento profundo y hermoso.
 
El domingo por la mañana acudí a misa y desgraciadamente tengo que decir que no senti/vivi/experimenté nada parecido.
 
Qué pena que en las iglesias no aprovechemos la química que se produce en los bailes. Nuestra oración creo yo que sería... distinta.