27 marzo 2016

Artículo en entreParéntesis: “La parábola del Tank Man”

Fernando Vidal, de CVX-Galilea, publica esta reflexión sobre la maravillosa parábola del Tank Man, un canto a la paz y a la inefable grandeza que puede habitar en el hombre, muy propia para esta Pascua.
 
Nadie sabe de dónde salió y no sabemos a dónde fue: sólo conocemos con certeza el intervalo en que puso su cuerpo en pie ante una fila formada por más de 20 tanques. Iban a masacrar a miles de estudiantes chinos de la plaza de Tiananmen. Sucedió en el Beijing del 5 de junio de 1989. Muchos de quienes leéis esto aún no habíais nacido. Pero The Tank Man sigue siendo una parábola urgentemente necesaria en el mundo actual en el que hay personas que ponen su rostro ante los sprays de la policía, interceptan los emails de los corruptos y conspiradores, o simplemente se bajan del caballo para ayudar a los sin hogar orilladas en las calles de nuestras ciudades. Son los Tank Men del mundo. No necesitamos muchos Tank Men sino al menos uno que sepa en qué punto se puede romper la cadena del mal.
 
Vestía camisa blanca, pantalón oscuro, zapatos gruesos. En una mano una bolsa blanca y una sencilla chaqueta beige; en la otra, su cartera. Armado tan sólo con las bolsas de la vida en las manos, detuvo la más larga cadena de tanques que cualquiera recordamos. Por más que vemos las fotos del momento, no se agota el asombro y sus significados. ¿Cuál era la historia del Tank Man antes de ese instante? ¿Qué camino le llevó a comprometerse de tal forma? ¿Acaso era padre, hermano, amigo de alguno de los estudiantes que ocupaban la plaza mártir de Tiananmen? ¿Quizás no conocía personalmente a ninguno pero estaba dispuesto a dar la vida por cualquiera de ellos? ¿Cómo se forma una persona capaz de cortar tal columna de violencia?
 
The Tank Man no insulta ni amenaza; no levanta puños ni alza brazos; no grita ni ataca. Simplemente, sale al paso e interpone su cuerpo ante la marcha de los cañones. Los militares de los tanques no veían personas sino objetivos, sólo veían problemas, disidentes, nadies. Pero de repente se encontraron ante alguien desarmado que se planta ante ellos y entonces ven al hombre, su rostro, un alguien como cada uno de ellos. Iban ciegos dentro de sus tanques. No se sabe quién es pero tampoco tapó su cara. Pararon, abrieron las escotillas, salieron. The Tank Man se subió al primer tanque e hizo lo más humano: hablar con ellos, preguntarles qué estaban a punto de hacer, recriminarles tanta violencia. Nos llama a ser de carne en vez de hacernos metálicos, a luchar por la vida sin armaduras. Desconocemos el rostro del Tank Man pero los soldados no pueden olvidar aún sus facciones, su mirada pacífica, sus preguntas y silencio, su no-poder.
 
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