Evangelio según San Mateo 18,12-14.

Jesús dijo a sus discípulos: 
¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió? 
Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron. 
De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños. 

En esta civilización nuestra nos hemos acostumbrado a asumir como inevitables una determinada cantidad de pérdidas en casi cualquier campo. Asumimos con bastante resignación que un grupo de niños fracasará en sus estudios, que habrá personas sin hogar o desempleados crónicos.
En cierta media, hemos renunciado a la aspiración de la plenitud, del bienestar para todos. Porque aunque es cierto que muchas cosas se escapan a nuestra voluntad, también lo es que hemos claudicado de otras que si dependen de ella.

Confrontadas con estas claves, la parábola de la oveja perdida resulta especialmente significativa. Lo es, en primer lugar, porque el ejemplo está tomado de la realidad: Lo que hace el pastor, dejar a resguardo las noventa y nueve para salir a buscar la perdida, era lo normal según el entendimiento de sus interlocutores de entonces. Desgraciadamente, lo normal ha pasado a ser lo extraño.

Y también, porque a partir de una experiencia cotidiana, incorporada naturalmente al modo de actuar, nos recuerda la importancia de valorar lo pequeño, de no dar nada por perdido.

Estoy seguro de que mucho de lo que hemos dado por perdido no lo estaba, sino que nos hemos dejado llevar, quizá por el desánimo, quizá por la pereza antes de intentarlo de nuevo, de otra forma quizá, pero intentarlo.

Desgraciadamente, son muchas las ovejas perdidas que no han tenido un pastor que las salga a buscar. Pero hay tiempo todavía de rescatar a muchas.

Pedro Bolaños, desde CVX en Gran Canaria